Un hombre joven, tocado ya de algunas canas, camina por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derrama sobre la Rambla de Santa Mónica como una guirnalda de cobre líquido.
Lleva de la mano a un muchacho de unos diez años, la mirada embriagada de misterio ante la promesa que su padre le ha hecho al alba, la promesa del Cementerio de los Libros Olvidados.
-Julián lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie. A nadie.
-¿Ni siquiera a mamá?-inquiere el muchacho a media voz.
Su padre suspira, amparando en esa sonrisa triste que le persigue por la vida.
-Claro que sí- responde-. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes contárselo todo.
Al poco, figuras de vapor, padre e hijo se confunden entre el gentío de las Ramblas, sus pasos para siempre perdidos en la sombra del viento.
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